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Crecer
en dirección a nuestro propio destino es el oculto deseo que subyace
en cada corazón.
Todos anhelamos secretamente despertar el ritmo de nuestra propia individualidad,
por que esa es la más cara ambición del ALMA HUMANA. Pretendo,
por intermedio de este humilde trabajo, estimular en los amigos visitantes
el deseo de disminuir las ilusorias distancias que el exceso de racionalismo
colocó entre el PENSAMIENTO y la cristalina SENSIBILIDAD
de cada CORAZÓN.
Conocer las Leyes de nuestra VIDA INTERIOR es mucho más que conocer
algo nuevo. Es renacer a una nueva esperanza, es reencontrarnos con
la herencia perdida.
Cuenta
una vieja fábula que un cachorro de león se apartó descuidadamente de
sus padres. Inútiles fueran los esfuerzos para encontrarlos, con lo
cual comenzó a andar desconsolado, tomado de un indescriptible terror
y amenazado por el peso de lo desconocido.
Después de mucho andar llegó a una clarera, donde un pastor cuidaba
diligentemente de sus ovejas.
El leoncito se sintió grandemente protegido cuando el pastor lo levantó
tiernamente en sus brazos y a partir de ese día ese fue su hogar. Su
vida transcurrió mansamente y fue creciendo entre sus hermanos adoptivos,
aceptando de buen grado sus jugarretas alegres y bulliciosas, por que
el era bien diferente. Sus movimientos eran torpes y nunca conseguía
hacer nada bien.
Se sumaba a todo eso el hecho de ser un poco tímido. Tal vez un vestigio
inconsciente del terror experimentado en su temprana edad.
Pero, en suma, sus días eran felices. Era querido por sus hermanos y
sentía por ellos los mismos sentimientos.
Ocurrió que un día, un lobo hambriento comenzó a atacar el rebaño. Las
ovejas tomadas por el pánico buscaban esconderse del peligro.
El sintió que sus músculos se estremecían y las imágenes de los terrores
de su infancia comenzaron a desfilar por la tela de su mente.
De repente llegó a sus oído el clamor desgarrante de uno de sus hermanos
que había sido acorralado por el lobo.
Algo inexplicable y extraño comenzó a suceder dentro de él. Su miedo
había desaparecido y un creciente coraje comenzó a fluir por sus venas.
La floresta entera se estremeció con la imponencia del rugido, que como
un trueno brotó de su garganta.
El lobo apavorado huyó del lugar desapareciendo en la floresta... Y
allí estaba el león, majestuosamente plantado en una elevación del terreno.
Ya no había en él el más mínimo vestigio de su vida anterior. Sus ojos,
como brazas ardientes, miraban ahora a través de la ferocidad de su
raza.
Dirigió una mirada de severo agradecimiento a sus hermanos y se perdió
en la floresta para nunca más volver.
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